365 reflexiones por Mario V. Paz    lunes, 30 de julio de 2007

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Jesucristo...

“Raíz de tierra seca…”

“Sin atractivo…”

“Despreciado y desechado entre los hombres…”

“Varón de dolores, experimentado en quebrantos…

“Sufrió nuestros dolores…

“Herido fue  por nuestras rebeliones…

“Molido por nuestros pecados…

“El castigo de nuestra paz fue sobre él...

“Jehová cargo en él pecado de todos nosotros…

“Como cordero fue llevado al matadero…

“Derramó su vida hasta la muerte…

“Habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores…”

Isaías 53

 

Introducción:

Desde mi accidente el 20 de mayo 2007 hasta el día de hoy he tenido que atravesar por muchos dolores, sufrimientos e incomodidades tanto físicos, morales y también espirituales. He tenido que pasar muchas horas bajo el efecto de pastillas que neutralizan el dolor. Ello afecta el estado de ánimo; consecuentemente también la disponibilidad para hacer cosas. He llegado al punto de sentirme como un vegetal al no poseer la chispa de la iniciativa que motiva a la acción. Han sido días duros, no recomendables bajo ningún punto de vista, para nadie. Aún así, he sido inspirado a pesar de las circunstancias que me rodean, para realizar este pequeño análisis exegético de uno de los capítulos más admirados por mi en las Sagradas Escrituras, Isaías 53.

Y es que todos hemos experimentado dolor de una u otra forma en el transcurso de la vida. Sirva esta exposición interpretativa para mitigar aquellos dolores que no pueden ser eclipsados con pastillas.

Análisis:

El nombre Isaías, Yesha’ yâhû, en Hebreo significa Jehová es salvación o la salvación de Jehová. Isaías fue un profeta que habló a nombre de Dios. Fue el primero de los profetas mayores del preexilio judío. Ministró, pues, antes de la cautividad babilónica que se extendió hasta el año 539 AC.

El comentarista Merrill F. Unger se refiere a Isaías como “…el más grande de todos los profetas y oradores hebreos, por el esplendor de su dicción; la brillantez en su imaginación; la versatilidad y belleza de su estilo. Correctamente, él ha sido llamado el Príncipe de los Profetas Antiguo Testamentarios.”

Luego del libro de los Salmos, Isaías es el segundo libro más citado en el Nuevo Testamento. La palabra “salvación” ocurre veinte y seis veces en todo el libro.

Isaías advierte en su mensaje que los pecados de Israel le llevarían al castigo. Aún así, Dios proveería por medio de su gracia, un Salvador no sólo para ellos más también para los gentiles.

El capítulo 53 es parte del segmento que podría denominarse “El rechazo de El Mesías por parte de los Judíos” que inicia en el capítulo 49 y finaliza en el capítulo 57.

Isaías observa como en una pantalla gigante de cine los acontecimientos en torno a la pasión y muerte de Jesucristo.

1 ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?

Cuando el anuncio del primer advenimiento de Jesús se hizo público, no muchos creyeron. Durante su ministerio público consecuentemente, el poder de salvación del Señor no fue revelado a muchos. Su auditorio estaba lleno de gente con incredulidad; sus paisanos inclusive se escandalizaron de él. Por eso, dijo: “No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa.” Mt. 13: 57.

2 Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca…”

Así como la monja blanca en las selvas de Guatemala crece entre el fango y sus blanquísimos pétalos contrastan exhaustivamente con la suciedad del suelo, así el Señor Jesús se manifestó y creció “…en sabiduría, estatura y en gracia para con Dios y los hombres.” Lc. 2: 52. En medio de este mundo lleno de pecado, el Hijo de Dios, sin pecado se preparaba para quitar el pecado del mundo.

“…no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, más sin atractivo para que le deseemos.”

El pueblo de Israel no podía haber visto ninguna belleza en Jesús; no había nada en él que les atrajera, vea usted: nacido en un establo; procedente  de un matrimonio de dudosa reputación; amigo de pescadores y gente común; sin tener dónde recostar su cabeza; admirado por los pobres, humildes  y enfermos; amigo de publicanos y pecadores; quebrantador de la ley, y por si fuera poco, un par de maleantes le acompañaron en su muerte de cruz.

3 Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.

Jesús “…semejante a sus hermanos… padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.” He. 2: 17-18. Todo dolor y quebranto humano fueron parte de la experiencia de Jesús en esta tierra. Así que, cuando vamos al Padre con nuestros conflictos y dolencias, tenemos en Jesús un mediador que conoce personalmente las tribulaciones por las que atravesamos.  Sea dolor físico, como por medio de una enfermedad o accidente; sea mental, como a través de algún desequilibrio químico u hormonal; sea moral, como por medio de un insulto o agresión verbal; o en el último de los casos sea lamento espiritual, a causa de nuestra naturaleza pecaminosa; cualquiera sea el padecimiento nuestro, en Jesucristo encontramos la comprensión necesaria que aplacará cualquier dolencia.

“Hombre de dolores… ¡Qué título para el Hijo de Dios quien vino a los arruinados pecadores! ¡Aleluya! ¡Qué Salvador! Cargando mi vergüenza y mi ruda maldad, él tomó mi lugar de condenación. Selló mi perdón con su sangre; ¡Aleluya… Qué Salvador!”

―Philip P. Bliss

4  Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.

5  Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

6  Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.

El remanente fiel, el pueblo de Dios, ahora reconoce la verdad en relación al sacrificio del Señor Jesús. Fueron nuestros delitos, transgresiones y pecados que él llevó en la cruz del calvario. Tendemos a considerar que Dios castigó a Jesús por algo malo que él pudo haber hecho pero la realidad es que fue nuestra personal iniquidad. El sustituto inmaculado que Dios seleccionó, tomo nuestra enfermedad, dolor, rebelión, pecado y descarrío.

De manera objetiva, Jesús sufrió las cinco clases de heridas conocidas por la ciencia médica:

  1. Contusiones: Cuarenta latigazos máximo, de acuerdo a la costumbre judía. Ex. 25: 3, como parte del pago de nuestras culpas.
  2. Laceraciones: Múltiples golpes, lesiones, y  magulladuras, para que con su dolor nosotros fuéramos sanados.
  3. De penetración: Una corona de espinas, para darnos una corona de vida y gloria eterna.
  4. De perforación: Los clavos, por cuanto nuestra maldición quedará por siempre fija a la cruz.
  5. De incisión: Una lanza atravesó  su costado derecho en un ángulo de 45° desde la sección derecha de las costillas hacia el corazón de donde Juan nos dice salió “agua y sangre”; representando el nacimiento del agua, que es la palabra de Dios y el nacimiento en el Espíritu por medio del derramamiento de sangre para remisión de nuestros pecados.

Cuando Juan Calvino analizaba los eventos de la muerte de Jesucristo exclamó “Dios abandonado por Dios.” Las tres horas de tinieblas que cubrieron la tierra el día de la crucifixión evidenciaron cuán terrible es para Dios el pecado. Mt. 27: 45. ¿Por qué? Simplemente porque Dios es santo.

Esa tiniebla atmosférica fue reflejo de la inexpresable negrura por la que el alma de Jesús atravesó. Fue en esas tres horas que Jesús personificó la indescriptible maldición de nuestros pecados. El infierno y la ira de Dios fueron comprimidos en el tiempo y espacio en el desfigurado cuerpo de nuestro bendito Salvador y Redentor.

En aquellas tres negras horas, Jesucristo pagó el precio por nuestros pecados; canceló nuestras deudas todas para con Dios y terminó irreversiblemente el trabajo de nuestra redención.

7  Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.

En silencio y sin protestar Jesucristo enfrentó a sus captores, sus acusadores y finalmente sus ejecutadotes en la cruz. Cuando una oveja es llevada al degolladero, asombra de manera extraordinaria la mansedumbre que evidencia. Es dócil hasta el último momento cuando el cuchillo atraviesa su corazón.

Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido.

Desde su arresto, Jesús fue apresurado en la realización de todos y cada uno de los escenarios, tormentos  y juicios por los que hubo de pasar. Todo fue en extremo rápido. El mismo Pilatos se maravilló que la ejecución en el Gólgota se hubiera consumado en tan corto tiempo. ¿Quién pudiera haber imaginado que en una serie de acontecimientos acelerados que culminaron con la apresurada sepultura de Jesús antes del inicio de Día de Reposo ―viernes a las 18:00 horas, pudiera aparecer alguna generación para la posteridad?

Bueno, pues, Jesús llamó a dos, luego seleccionó doce; después comisionó a setenta. En el Día de Pentecostés se convirtieron más de tres mil judíos; en la casa de Cornelio otros más, A causa de la persecución el evangelio fue proclamado por todos los rincones del imperio romano. Si la generación de Abraham es como la arena del mar o como las estrellas en el firmamento, a través de los siglos, la generación de Jesús ¿quién la contará?

Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.

El ser crucificado de por sí era una clase de muerte vergonzosa, infame, cruel y denigrante. Pero el morir al lado de dos malhechores connotó el espíritu de denigración con el que se consideró la ejecución de Jesús. Pues aunque los hombres de mal corazón dispusieron un escenario de vergüenza, Dios quien se encuentra por encima de los maléficos planes oscuros de humana mentalidad tergiversada, transformó los planes por cuanto fue con los ricos en su muerte, puesto su cuerpo en la nueva tumba propiedad de José de Arimatea.

Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimiento. Cuando haya puesto su vida por expiación por el pecado, verá linaje,  vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada.

Dios siendo santo, aborrece al pecado aunque ama al pecador. Aquí tenemos la conjugación de más de dos características de la naturaleza de Dios: Su santidad, su ira en contra del pecado, su amor por el pecador, y la aplicación de su justicia.

Su ira contra el pecado y su justicia demandan que todo aquel que ha transgredido sus leyes debe morir. “Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados.”

Su amor por el pecador hizo sujetar a Jesucristo en sufrimientos múltiples hasta la muerte bajo maldición en representación y sustitución nuestra.

La palabra expiación significa “borrar las culpas con un sacrificio”. Nosotros estábamos muertos, vendidos total e irremisiblemente al pecado. La preciosa sangre de Jesucristo nos borró del poder del pecado y nos trasladó al reino de luz en la familia de Dios por medio del sacrificio de su muerte.

El producto, es un pueblo santo, diseminado entre las naciones y edades que ha venido a ser su linaje para la eternidad a la gloria de su santo nombre.

Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos.

Desde que Jesús ascendió al cielo luego de su resurrección, ha sido capaz de ver hacia atrás en el tiempo y espacio; ―aunque él vive en un eterno presente puesto que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por todos los siglos” He. 13: 8― y analizar todos y cada uno de los eventos de la pasión y muerte. Considera así mismo el resultado de ello y… se siente satisfecho. Algo así como cuando uno realiza una tarea con y por amor; produce indescriptible satisfacción.

Muchos, no todos, serán justificados por medio del conocimiento que se tenga del proceso de la salvación y justificación. Para muchos judíos esto es puro tropezadero así como para muchos gentiles no significa más que locura. No obstante, para unos cuantos pocos relativamente hablando, esta locura de la predicación de la cruz es poder y sabiduría de Dios 1 Co. 1: 18-24.

Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.

Los grandes en el reino de Dios son los más pequeños y viceversa. Jesucristo “…se humilló así mismo haciéndose obediente hasta la muerte; y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre…” Fil 2: 8-9.

Cuando en el final de la historia de la humanidad Jesucristo reine sobre todas las naciones desde Jerusalén, cuando haya sometido bajo su propia potestad el dominio del mal, la muerte, Satanás, la bestia, el anticristo y todo lo malo, repartirá los residuos de su triunfo con aquellos llamados grandes en su reino. Así como cuando un ejército triunfante toma control de las posesiones del abatido enemigo. Los grandes en el reino de Dios son aquellos creyentes débiles en sí mismos más fuertes en el Señor.

He aquí las cuatro razones del glorioso triunfo de Jesucristo:

  1. Derramó su alma hasta la muerte. Cuando Jesús sufría la agonía mental en el huerto del Getzemaní, exclamó diciendo: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.” Mt. 26: 39. Cuando le ofrecieron mirra y vinagre, una mezcla embriagante para minimizar la agonía de los sufrimientos, Jesús rehusó tomar, dando a entender que debía atravesar tal martirio de manera consciente, en nuestro favor.
  2. Fue contado con los pecadores. Esto es en medio de dos ladrones que en términos generales representan las dos posturas de la humanidad para con la muerte del Señor Jesús; uno pidiendo misericordia y el otro, burlándose.
  3. Llevó el pecado de muchos. No de todos. Ello implica que no todo el mundo ha de llegar a disfrutar de la salvación, aunque la misma sea ofrecida de manera universal.
  4. Intercede por los transgresores, es decir, aquellos pecadores que van en oración a Dios el Padre, con la intervención del Espíritu Santo, en el nombre de Jesucristo. No existe nadie más que posea el privilegio de interceder por nosotros delante de Dios. El título de intercesor es marca registrada de Jesucristo. A nadie más le ha sido atribuido o conferido  tal característica. Ningún ángel o ser celestial; ningún ser humano, vivo o muerto; ningún espíritu de arriba en el cielo, en la tierra o debajo de la tierra. “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.” 1 Ti. 2: 5.

El verbo yaph’gia’ (hacer intersección) es una instancia del imperfecto o futuro indefinido que significa que el trabajo ha comenzado pero no ha terminado. En otras palabras, Jesucristo principió a interceder ante el Padre por nosotros cuando dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen...” dicho atributo aún está en progreso estando él sentado a la diestra del Padre y, ¿saben una cosa…? Él aún no ha terminado.

Conclusión:

Señor Dios todo poderoso:

Gracias por este pasaje de Isaías 53, en el nombre de Jesucristo, por quien fue escrito para para nuestra edificación y  para la gloria de tu majestad por los siglos de los siglos. Amén.